EL LEGADO DE LA LUZ. Manel Esclusa

portada eclipsi BN 1999 WEBComisariada por Laura Terré
08.10.2021 – 09.01.2022

Apertura de la exposición, viernes 8 de octubre a las 18.00 h en el Museu de l'Art de la Pell

Exposición en el marco del 10º aniversario de ACVIC Centre d’Arts Contemporànies.

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Con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Escola d'Art de Vic, Museu de l'Art de la Pell, Temple Romà-Patronat d'Estudis Osonencs y Revela't

Fotografía: Manel Esclusa. Eclipsi, 1999. © Manel Esclusa, VEGAP, Barcelona, 2021



Cada vez que sale el sol, se cumple un deseo. Con cada amanecer se produce una revelación, la disolución suave del miedo a las tinieblas. Se consuma la evidencia de la exacta ley del cosmos que nunca ha fallado ni fallará en su cronómetro inexorable. Cada vez que sale el sol se demuestra el ineludible paso del tiempo que hace girar el calendario, como representación abstracta del real e incomprensible giro vertiginoso del planeta esférico sobre el que vivimos.

Todo nuestro conocimiento es consecuencia de una posición respecto a un foco. La melancolía del otoño o la alegría del verano. La fría desesperación del invierno que añora la primavera. Tangencias de rayos sobre la corteza de la materia sólida del planeta, atravesando atmósferas más o menos espesas. Todo se sumerge en la sombra a determinada hora el día. La hora de la sombra es posible, porque hay luz que se esconde, luz que nunca dejará de existir. La luz desgrana los minutos largos del crepúsculo cuando el obturador le sigue el paso para atrapar las formas. La luz queda fijada en la materia y fecunda la vida en las plantas. La luz también fecunda la memoria en las retinas, fecunda la emoción. Un niño ciego resigue un resquicio de luz en la pared, porque su energía no sólo es visible a los ojos, sino que la luz también es perceptible al tacto. Es la luz la única verdad inamovible. Una verdad que se ha visto fortalecida por el giro de la tierra en su viaje de eones alrededor del sol. Una verdad que reduce nuestra presencia de humanos en el planeta, el antropoceno en que reinamos, a una estación fugaz, un suspiro ante la historia de nuestros compañeros los árboles, más admirables por la resistencia como especie que por su cautivadora belleza.

Dicen que en el siglo XXI ya no se puede hablar de “fotografía”. La fotografía es un género excluyente de otras categorías que no tienen la luz como fundamento y por ello el nomenclátor exige la mención “imágenes” para referirse a todas las superficies con significado. ¿Qué se ha perdido por el camino? ¿Por qué no se sitúa a la luz en el centro del proceso de la representación de las imágenes fotográficas, como se había hecho hasta entonces? ¿Es posible que la mágica función del soporte sensible, ya sea digital o fotoquímico, haya dejado de maravillarnos hasta el punto de desplazar su análisis y observación? ¿O ya lo hemos entendido suficientemente y nos apartamos de la meditación, o quizás nos aburra filosofar acerca de la huella de la energía que es señal misteriosa del tiempo y del espacio?

De Manel Esclusa tenemos que empezar diciendo que es fotógrafo en todos los sentidos. Comadrona de la luz. El análisis de su obra total no se podría abordar de otra manera: su materia prima es a luz, su temática es la luz, su plástica es la luz. Y no nos referimos únicamente a las cuestiones procedimentales de captación con las cámaras o los fotómetros, ni al virtuosismo en la iluminación de escenas. La luz de Esclusa es el centro de sus preocupaciones, la clave de su investigación y el sujeto. Cualquier otro elemento es anécdota y simple soporte para la luz, da igual que sean paisajes, retratos de maniquís, naturalezas muertas o peces en movimiento. Su pasión creativa ha consistido, a lo largo de su actividad como fotógrafo, en entender y comunicar la relación viva que existe entre la luz y el ojo.

Esta trayectoria de ida y vuelta entre la ciencia, la técnica, el arte y la poesía, conecta con las experiencias y reflexiones de Johann Wolfgang von Goethe, el gran poeta místico de la ciencia quien, una vez finalizada su investigación científica sobre los colores de la luz y habiéndose demorado tanto tiempo en las extrañas regiones de la observación y la experimentación, se dio cuenta de que todo había sido arte, gracias precisamente “a los colores fisiológicos y a su efecto moral y estético”[1]. De la misma manera, el arte que se desprende de las fotografías de Manel Esclusa tiene su origen y su razón en el registro físico de la luz. Su obra es, por lo tanto, un legado de luz.

Biográficamente estaba determinado. Para el relato de sus orígenes usa recursos poéticos parecidos a los que usaban los profetas para comunicar los misterios por venir. Aunque los datos son verificables. Así, Manel Esclusa, nació en una familia de Vic en la que el padre era fotógrafo y laboratorista, aficionado a la espeleología y a las películas de cine. Como queriendo evocar las enseñanzas del mito de la caverna de Platón, las tres actividades se desarrollan en la oscuridad, donde las formas quedan iluminadas en cada caso mediante la luz limpia de la ampliadora atravesando el negativo, la linterna resiguiendo las paredes húmedas de las grutas o el proyector haciendo vibrar las imágenes en movimiento contra la pantalla blanca de la sala de cine. Más allá de estos hechos, la biografía de Manel está plagada de momentos mágicos y casi increíbles que ayudan a entender la transcendencia que experimentamos ante su obra. Aunque nos pueda parecer frío en sus ensayos repetitivos de científico en un laboratorio, la emoción atraviesa y une las imágenes a lo largo del tiempo. Durante las décadas que ha estado fotografiando, en cada nueva serie en cada fotografía, Manel repite como un mantra, una y otra vez, la magia del imprevisible roce de la luz, la persistencia de la claridad en la oscuridad.

Ha puesto por título “Vinc de Vic” a la serie dedicada a su ciudad natal. Un gesto con voluntad autobiográfica que refuerza su punto de vista de niño y adolescente. Las sombras recortan las formas, tapan por completo calles, edificios y objetos que nos ayudarían a identificar los espacios de la ciudad. Llenándolos de negro los hace inquietantes. En las fotos de Esclusa, la ciudad de Vic esconde incógnitas bajo la oscuridad. La belleza clara de las fachadas y los recortes de cielo lucen más en contraste con la sombra oscura, como expresa Jun’ichiro Tanizaki en su libro sobre las sombras [2].

Sus primeras obras estaban llenas de intenciones poéticas y alegóricas. Paradójicamente, después de lo que hemos dicho sobre la importancia de la luz, las temáticas de carácter surrealista de la primera etapa de juventud representan la ceguera (“Els ulls aturats” 1978) o se desarrollan a oscuras, con personajes casi recortados como siluetas contra el fondo iluminado (“Sil·lepsis” 1979/1981). El ser humano visto como metáfora siempre, a través del retrato de una única mujer. Presentimos que en “Sil·lepsis” Esclusa inició la búsqueda nocturna de algo inquietante que aún no ha conseguido encontrar. Las cosas no son solo lo que parecen, esconden una función que se despliega en la imagen una vez revelada.

En la búsqueda de ese doble juego de apariencias y significados, poco a poco, su interés fue evolucionando hacia la observación naturalista y la experimentación casi científica, la constatación con el registro metódico de la persistencia de la luz aumentando el grado de penumbra. Ensaya las largas exposiciones con el movimiento de los barcos, a oscuras, en el puerto de Barcelona (“Naus” 1983/1989) o con el movimiento de los peces en las aguas abisales (“Aquariana” 1986/1989). Casi sin advertirlo, se ve metido en un campo extraño, pasando del juego poético de los símbolos y del arte plástico de las formas a la crónica documental de las luces que pasan a su lado y entre medio de los edificios o atraviesan el agua de las fuentes. Lo que en principio había sido un medio para la expresión metafórica de sentimientos y emociones, se convirtió en la finalidad de toda actividad. En cada experimento, lo que él llama “series”, indaga los límites de la luz, ya sea poniendo a prueba la capacidad de la cámara para captar la luz artificial que mantiene viva la noche de la ciudad (“Urbs de nit” 1989/1996), los dibujos del azar del agua reflejando la luz de las fuentes (“Aiguallum” 2000) o las irisaciones a contraluz de la ventana cuando fotografía una planta decorativa (“L’arbre” 1991/1997).

Al cambiar de milenio, las series surgen más comprometidas con el concepto que con la imagen y rastrean problemáticas más serias, que requieren la puesta en escena y la intervención. Así, en “Eclipsi” (1999/2005) comprueba las refracciones del eclipse solar entre las hojas de los árboles y como consecuencia de esta observación, continúa rastreando la sombra de las ramas y las hierbas en medio del paisaje (“L’ombra del paisatge” 2006/2008) o, en su última serie, retratando los cielos cambiantes de Masferrer durante la pandemia. En “L’arbre de Masferrer” 2020 Esclusa fotografió los cielos con la misma intensidad que Alfred Stieglitz creó sus “Equivalentes”, como resumen de su trayectoria fotográfica y analogía con su filosofía de vida. Las nubes fotografiadas expresan pura emoción, en paralelo al propio estado interior del artista, y en los cielos de Esclusa resuenan aquellas palabras de Stieglitz: “A través de las nubes (quería) expresar mi filosofía de vida, para demostrar que mis fotografías no se debían a la temática. Ni árboles especiales, ni rostros, ni interiores, ni privilegios especiales. Las nubes estaban allí para todo el mundo, gratis”[3]. De la misma manera. “L’arbre de Masferrer” capta lo más dúctil de la forma, lo más vivo y creativo para nuestras mentes que se adaptan imaginativamente a las formas cambiantes, en un estado psicodélico. Una felicidad gratuita que nos ayuda a evadirnos de los problemas. Imágenes llenas de color, encuadradas siempre desde el mismo punto de vista, con el ancla de la forma del árbol muerto interpuesta e incrustada en el cielo. Fijado en esa forma de la muerte y mediante su nueva copa atmosférica, el árbol expresa otra velocidad en el paso del tiempo. Es la única serie que Esclusa ha querido presentar en pantalla en la exposición, para subrayar lo intangible de los instantes en fundido continuo, inaprehensible. La muerte es la única verdad invariable, todo el resto es contingencia pasajera.

En “Scantac” (1995/2000) Esclusa experimenta en él mismo la capacidad de la luz para profundizar en la forma, más allá de lo que es visible. Ahora, como el hombre con rayos X en los ojos, en la película de ciencia ficción de Roger Corman (1963), Esclusa experimenta poniendo luz en su interior, hasta llegar casi a la visión apocalíptica de su propio cuerpo.

En todas sus series Esclusa trabaja en aquello más concreto. Sus fotografías no son abstracciones bellas, ni las hierbas ni los matojos son simples pretextos para iluminar y crear nuevas formas. “Lluna d’aigua” (2021) es el retrato preciso de ejemplares humildes y desgarbados que va encontrando en los boscajes que hay alrededor de su casa. La forma es la única verdad que figura toda revelación y será necesario asimilarla sin demasiada interpretación, ya que no tenemos suficientes elementos para dar sentido a aquello que no lo tiene. Lo único cierto es la diversidad, el complejo entramado de la naturaleza. Esclusa no persigue una clasificación botánica de prototipos para una taxonomía que distinga las especies. Sus tipos son todos gemelos, casi idénticos, diferenciándose unos de otros en rasgos muy sutiles. Iluminados con la luz de la interna, luminiscentes, recuerdan las diminutas chispas de luz que de pequeños nos sorprendían colgando de los árboles, las luciérnagas. La noche simplifica el proceso de búsqueda. La luz es como el contraste radioactivo que los médicos inyectan para destacar las formas de las venas, de los órganos. Parece proyectada desde dentro, irradiada, para conseguir el dibujo instantáneo de un calotipo con la misma intención experimental que empleó William Henry Fox Talbot al usar el ancestral lápiz de la naturaleza. No son fotos para contemplar. Son fotos para pensar. No son metáforas de ningún sentimiento o emoción, son pruebas de aquello visto, que en su redundancia hacen más probable la existencia.

¿Somos capaces los seres humanos de comprender esa información que nos da elementos para constatar la existencia y la revelación de la realidad? Según Stanislaw Lem, los humanos fracasamos constantemente a la hora de comprender los mensajes del universo exterior. Ante el misterio de la existencia, cada ser humano se debe enfrentar a una prueba de fuego, “¿de qué se está examinado? Y, ¿cómo sabemos si ha aprobado o ha suspendido? ¿De qué trata eso de conocer?”[4]

Veo a Manel Esclusa como un Stalker bueno, que sale cada noche a fotografiar una “zona” aparentemente inofensiva, al lado de su casa, para enfrentarse a una prueba de conocimiento. Una zona que la noche convierte en un misterioso y prohibido cementerio de residuos aparentemente insignificantes, pero poderosos. El Stalker Esclusa fotografía como si la ideología le fuese indiferente. Fotografía como hombre libre que es. Conserva una especie de pureza moral. Subvierte cualquier convención social mediante la imaginación, con su convicción del uso de la silepsis para explicar el mundo: las cosas llevan en sí su trascendental función y las palabras han perdido la capacidad de expresar los conceptos. El Stalker de mirada azul debe arriesgarse a sufrir la influencia de fuerzas alienígenas para buscar artefactos cuyas leyes le son desconocidas. No intenta pensar más allá. Como el Stalker Rex, el protagonista de la novela de los hermanos Strugatski, se enfrenta a una presencia poderosa, incomprensible e invisible, pero que con toda seguridad que se encuentra ante él. Suplica mecánicamente y con desesperación: “No tengo palabras (…) pero, si de verdad todo lo puedes, todo lo haces, todo lo comprendes… ¡lo verás! Mira dentro de mi alma, donde debe estar lo necesario. (…) Saca de mí lo que quiero, ¡porque no puede ser que yo desee el mal! Todo lo que se me ocurre es: “¡felicidad para todo el mundo, gratis!”[5]. Y en aquel momento saldrá, una vez más, el sol.

Laura Terré
Comisaria de la exposición

 

[1] Goethe, J. W.; Teoría de los colores. Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, 1999.
[2] Tanizaki, J.; Elogi de l’ombra. Angle Editorial, Barcelona, 2006.
[3] Stieglitz, A.; “How I Came to Photograph Clouds”, Amateur Photographer and Photography 56 (1923), reeditat a Richard Whelan, ed., Stieglitz on Photography: His Selected Essays and Notes (Aperture, 2000). (Pág. 237)
[4] Le Guin, Ursula K.; Pròleg per al llibre Stalker – Pícnic extraterrestre, d’Arkadi I Borís Atrugatski. Edicions Gigamesh, Barcelona 2015. (Pág. 14)
[5] Strugatski, A. i B.; Stalker – Pícnic extraterrestre, d’Arkadi I Borís Atrugatski. Edicions Gigamesh, Barcelona 2015. (Pág. 286)



EL LEGADO DE LA LUZ. MANEL ESCLUSA

ESPACIOS:

VINC DE VIC
Temple Romà (Pare Xifé, s/n. Vic)
08.10 – 07.11.2021

De martes a sábado de 11.00 a 13.00 h. De martes a domingo de 18.00 a  20.00 h.

JARDÍ D’HUMUS
Escola d’Art de Vic (Rambla Sant Domènec, 24. Vic)
08.10 - 27.11.2021

De lunes a viernes de 10.00 a 13.00 h y de 17.00 a 20.00 h.
Sábados de 11.00 a 14.00 h y de 17.00 a 19.00 h.

EL LLEGAT DE LA LLUM
Museu de l’Art de la Pell (Arquebisbe Alemany, 5. Vic)
08.10.2021 – 09.01.2022

De martes a viernes de 10.00 a 13.00 h y de 16.00 a 19.00 h
Sábado de 11.00 a 14.00 h y de 16.00 a 19.00 h. Domingos y festivos de 11.00 a 14.00 h.
Días 24 y 31 de diciembre de 10.00 a 13.00 h. Cerrado los días 25 y 26 de diciembre, 1 y 6 de enero.

LLUNA I OMBRA
ACVic Centre d’Arts Contemporànies (Sant Francesc, 1. Vic)
08.10.2021 – 09.01.2022

De martes a viernes de 10.00 a 13.00 h y de 17.00 a 19.00 h
Sábado de 11.00 a 14.00 h y de 17.00 a 19.00 h. Festivos cerrado

Exposición en el marco del 10º aniversario de ACVIC Centre d’Arts Contemporànies.



Manel Esclusa
(Vic, 1952) se inicia en fotografía a la edad de ocho años en el estudio fotográfico de su padre. En 1974 le conceden una Beca de Fotografía de la Dotació d’Art Castellbach y asiste a los Stages Internationaux de la Photographie en Arles. Realiza su primera exposición en 1973 en la Sala Aixelà de Barcelona y desde 1975 ejerce la docencia en fotografía. Actualmente compagina el desarrollo de su obra personal con la actividad docente en el ámbito de creación visual en la Escola Universitaria EINA. En 2013 es nombrado Miembro de Mérito del Patronat d ́Estudis Osonencs. El Gremio de Galerías de Arte de Catalunya le otorga el Premio GAG – 2016 al artista consolidado por la mejor exposición «Sel·lecció de fotografies 1977-2014». Galería Eude. BCN. Su obra fotográfica forma parte de colecciones internacionales públicas y privadas.

Laura Terré (Vigo, 1959) es doctora en Bellas Artes por la Universitat de Barcelona, con una tesis doctoral (1998) sobre el grupo Afal. Catedrática jubilada de enseñanzas secundarias (1985/2019) y profesora del máster de fotografía de la UV. Articulista de fotografía y comisaria de exposiciones, ha investigado los archivos de los más importantes fotógrafos y fotógrafas de la historia reciente de la fotografía española. Custodia el archivo de Ricard Terré, su padre. Ha sido colaboradora de MSCARS (2014/2018) para constituir una colección de fotografía española de los años 50/60. Ha dirigido el festival TRAFIC, experiencia fotográfica (2007/2009) en el CCCB de Barcelona. Es asesora desde 2013 del Plan Nacional de la Fotografía impulsado por la Conselleria de Cultura. Colabora con la Fundación Mapfre, para la que ha diseñado un ciclo de conferencias que se está impartiendo este trimestre en el Centro de Fotografía KBr de Barcelona.



Organiza:
ACVIC Centre d’Arts Contemporànies

Colabora:

Fundació Banc Sabadell
Escola d’Art de Vic
Museu de l’Art de la Pell
Patronat d’Estudis Osonencs – Temple Romà
Revela’t

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